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EL FUNERAL DE EDUVIGES

Fue un viento raro el que atacó aquella vez al mar de Tumbes, indigesto de luna. A dos horas de escampar se desató una andanada de olas histéricas –huían de las profundidades-, que pusieron fin al último sueño de Eduviges. Desertando del maretazo las olas rodaban -frenéticas, aterrorizadas-, tropezando con la espuma barrida del mar. Las más aterradas se empinaban hasta los seis metros, brincando hacia las partes secas de la playa para poder morir en paz.  Tal batahola de marabuntas fue abriendo de a pocos la coraza de silencio que encubría los sueños de Eduviges, ilustre –un cuarto de siglo ya- por mostrar lo mágico del litoral norteño en telas hermosamente coloreadas.  La pintora abrió los ojos, notó rechoncha a la luna por las celosías de la ventana y, sin intervalo se incorporó, caminó unos pasos y alcanzó la orilla. Permaneció en el lugar donde las últimas chipas de espuma alcanzan a brincar y  mojar. -        Te pinté completo, mar…  –le oí decir, a pesar del es